Con el cierre del estrecho de Ormuz, vemos cuánto puede destacar un fino lugar de paso marítimo entre dos masas terrestres. Los canales de Panamá y de Suez también destacan a nivel del comercio internacional. Del mismo modo, los estrechos del Bósforo y de los Dardanelos han tenido mucha importancia a lo largo de la historia, especialmente a nivel geopolítico. Cuando los turcos tomaron Constantinopla en 1453, la pérdida de esa pareja de accesos de un mar a otro constituyó un fracaso máximo para la Cristiandad. Unas décadas más tarde, los cristianos ibéricos lo compensaron con la conquista de otro estrecho, el de Gibraltar, al tomar Granada en 1492 y al proseguir con la colonización del norte del actual Marruecos.
En cuanto al estrecho de Magallanes ¿cuál ha sido su papel a nivel comercial y geopolítico desde la primera incursión de los europeos en el extremo sur de América? En un artículo dedicado al proceso de construcción del continente americano, la historiadora francesa Louise Bénat-Tachot escribe:
“[…] el estrecho es un buen observatorio para la comprensión de las interconexiones entre diferentes escalas (local, regional y global) pues desempeñó un papel importante en la articulación de los espacios interiores del continente. No solo importó por cuestiones defensivas, sino también a nivel regional por el impulso que los colonos dieron a la ocupación y proyección hacia el interior del continente, reconfigurando la cuestión de la interoceanidad de América. El proceso de apertura y captación de la geografía americana fue progresivo y se hizo a base de especulaciones, rumores, miedos, experiencias en general traumáticas. El estrecho como punto de fuga fue una pieza clave a pesar de ser un espacio indefendible y deshabitado por los europeos”.
Louise Bénat-Tachot (fuente exacta desconocida)
Esta cita hace hincapié en el papel del estrecho para las conexiones a nivel local, regional (es decir, subcontinental) y global, en los siglos XVI y XVII. Mediante los acontecimientos geopolíticos de aquella época y los mitos que creía la gente, el dominio de aquel lugar de paso en el remoto austro adquirió importancia estratégica para los españoles y las potencias rivales.
Por lo tanto, nos podemos preguntar lo siguiente: ¿En qué medida fue el estrecho de Magallanes un lugar clave para asentar y defender la potencia de los imperios coloniales de la era moderna y para conectar el subcontinente sudamericano, así como el mundo entero?
Primero, veremos cómo el archipiélago del extremo sur de América permitió, o no, la conectividad de los océanos y el monopolio de España como potencia occidental en el Pacífico entre la expedición del navegante luso (1520) y la incursión de Francis Drake (1579). Luego, veremos cómo y por qué la zona magallánica fue codiciada por distintos imperios coloniales a partir de la circunnavegación del corsario inglés y hasta finales del siglo XVII (e incluso inicios del XVIII). Después de relatar cronológicamente las conexiones entre las escalas local y global desde una perspectiva marítima, explicaremos por qué, en la misma época, el estrecho de Magallanes puede ser considerado como un punto de fuga desde una perspectiva terrestre y regional, sobre todo para los virreinatos subordinados a las coronas de Castilla y Aragón.
- La conectividad de los océanos y el Pacífico como “lago español” (1520-1579)
En la Edad Media, los pueblos europeos comerciaban con Asia mediante la Ruta de la Seda. Por los numerosos intermediarios, los productos asiáticos eran muy caros. Cuando los turcos tomaron Constantinopla en 1453, los precios se dispararon. Por lo tanto, los portugueses decidieron bordear las costas africanas para encontrar un paso hacia las Indias. Pronto los españoles quisieron hacer lo mismo, enviando a Cristóbal Colón para llegar a Asia por el oeste, pues apostaban que la Tierra es redonda. Como todos sabemos, encontró América en 1492, pero no alcanzó Extremo Oriente. Poco después, los portugueses consiguieron abrirse un paso al Sureste Asiático, después de que Vasco de Gama consiguiese ir más allá del Cabo de Buena Esperanza y navegar por el océano Índico.
Para rivalizar con la Corona de Portugal en el comercio de las especias, el emperador Carlos V quiso abrir un paso hacia lo que se conocía como el “mar del Sur” para alcanzar las Molucas. En efecto, en aquel entonces, los clavos de olor solo se producían en aquel archipiélago de la actual Indonesia. Fernando de Magallanes era un marinero luso que ya conocía el estrecho de Malaca. Quería encontrar una forma de alcanzar el sudeste de Asia saliendo de Europa por el oeste. Firmado en 1494, el Tratado de Tordesillas había trazado una línea vertical en el océano Atlántico. Al este de esta, las tierras descubiertas y por descubrir iban a pertenecerle a Portugal; al oeste del límite, todo iba a ser propiedad de las Coronas de Castilla y Aragón. Entonces, si se llegaba a las Molucas por el oeste de la línea trazada, la zona de producción de las especias iba a pertenecerle legítimamente a España. En efecto, como no se conocían con exactitud ni la circunferencia de la Tierra ni la anchura del « mar del Sur », los castellanos creían que el valioso archipiélago estaba al este del « antimeridiano », es decir, en el hemisferio hispánico.
Los cinco buques de la expedición salieron de Sevilla el 10 de agosto de 1519. Después de cruzar el océano Atlántico, bajaron hacia el mediodía a lo largo de la costa oriental de Sudamérica. Cuando llegaron al Río de la Plata (el estuario que se ubica en la actualidad entre Argentina y Uruguay), pensaron haber encontrado el paso hacia el mar del Sur, pero se percataron de que era agua dulce. Pararon durante los meses de invierno en la actual Patagonia, luego prosiguieron su viaje. El 21 de octubre de 1520, encontraron lo que hoy se conoce como el estrecho de Magallanes. Allí la travesía fue complicada. Un barco ya había naufragado antes y otro decidió desertar para regresar a España. Cuando salieron de aquella zona y alcanzaron el llamado “mar del Sur”, sus aguas estuvieron tan tranquilas que lo nombraron el “océano Pacífico”. Este era mucho más ancho de lo que había previsto Magallanes. Entonces la travesía se complicó, por el hambre y el escorbuto. Murieron varios hombres, incluso el indio tehuelche capturado en Patagonia. Finalmente, llegaron a Filipinas. Allí, el jefe de la expedición se enteró de que las Molucas se ubicaban en el hemisferio portugués. Por desesperación y para compensar el fracaso, quiso apoderarse de unas islas, pero los indígenas no aceptaron su autoridad y lo mataron. Al final, solo una nave de las cinco que habían salido de España, la nao Victoria, regresó a Sevilla, al mando de Juan Sebastián Elcano. Llegó al puerto andaluz el 8 de septiembre de 1522. El buque estaba cargado de clavos de olor, lo que permitió reembolsar los gastos de todo el viaje. Entre los tripulantes estaba el italiano Antonio Pigafetta, cronista de la expedición que duró tres años y resultó ser la primera circunnavegación de la historia. Esto confirmó que la Tierra es redonda y que todos los mares están comunicados, lo que iba a ser muy importante en adelante para el comercio internacional. Por lo tanto, el “estrecho de Todos los Santos”, como lo nombró Magallanes al descubrirlo, permitió conectar al mundo entero mediante la primera circunnavegación de la historia, que fue impulsada por intereses económicos y políticos y pronto iba a convertir el océano Pacífico en un “lago español”.
En 1525, otra expedición salió de La Coruña, al mando de García Jofre de Loaysa. Ese buen jefe militar tenía la misión de conquistar y colonizar las Molucas. Salieron siete barcos del puerto gallego el 24 de julio. Entre los tripulantes estaba el veterano Elcano. Siguieron el mismo itinerario que la expedición de Magallanes, incluso la travesía del temido estrecho. Finalmente, fue un fracaso. Muchos marineros desaparecieron, incluso Loaysa y Elcano. Unos pocos consiguieron alcanzar el destino, pero no sabían cómo volver a América. Por lo tanto, se quedaron allí, trabando alianzas con unos indígenas para resistir a los portugueses, que se habían aliado con otros indígenas.
Al cabo de unos años de rivalidad entre España y Portugal por el control de las especias, ambas potencias ibéricas llegaron a un acuerdo. Como explica Rafael Baldás en este artículo:
El asunto se zanjó en el Tratado de Zaragoza de 1529. A cambio de 350.000 ducados de oro, Carlos V renunció a sus supuestos derechos sobre la Especiería, pero no sobre las Filipinas. En 1533 la noticia ya había llegado a aquellas latitudes si bien aún quedaban diecisiete españoles vestidos con harapos y armados con armas melladas al mando de Hernardo de la Torre. Entre ellos se encontraba un aún desconocido Andrés de Urdaneta.
Durante las décadas siguientes, los españoles no se interesaron mucho por el estrecho de Magallanes. La zona era hostil y difícil de navegar. En cambio, exploraron el océano Pacífico, sus archipiélagos, así como sus costas asiáticas y oceánicas mediante expediciones que salieron de los actuales Perú y México. Entre otras cosas, descubrieron una isla a la cual llamaron “Nueva Guinea” por la piel oscura de sus habitantes.
Al cabo de varias expediciones, los españoles sabían muy bien cómo atravesar el Pacífico para ir a Asia. En cambio, no sabían cómo regresar a América. Todas las tentativas habían fracasado. Durante décadas, buscaron el llamado “tornaviaje”, que les permitiesen hacer el viaje de ida y vuelta entre el actual México y el Sureste Asiático. En 1557, el nuevo rey Felipe II decidió llevar a cabo ese proyecto. Encomendó a Miguel López de Legazpi la colonización y la evangelización de Filipinas, un archipiélago del hemisferio luso al cual habían renunciado los portugueses. Junto a aquel señor mayor iba otro hombre experimentado, el fraile agustino Andrés de Urdaneta. De joven, este se había embarcado en la expedición de Loaysa, en la cual había sido el asistente de Elcano. El veterano le había enseñado a leer las corrientes, los vientos y el vuelo de los pájaros, entre otras cosas. Con los otros sobrevivientes de la expedición, Urdaneta había luchado contra los portugueses y adquirido muchos conocimientos sobre las Molucas. El 21 de noviembre de 1564, la expedición salió del puerto de la Natividad, cerca de Acapulco (actual México). Llegaron al centro del archipiélago filipino el 13 de febrero de 1565.
El 9 de julio del mismo año, Urdaneta fue piloto de la expedición encargada de encontrar el tornaviaje. Siguió la corriente caliente Kuroshio, que pasa por el sur de Japón. Por lo tanto, el barco San Pedro se dirigió al norte, hasta alcanzar una latitud de 39,5° N (lo que corresponde más o menos a la parte norteña del estado estadounidense de California, a la actual Corea del Norte o a la ciudad de Madrid). La expedición prosiguió su viaje por el curso de una corriente fría, el Oyashio, que proviene de las regiones polares. Cuando divisaron las costas norteamericanas, el escorbuto ya estaba empezando a diezmar la tripulación. Bordearon California y llegaron a La Natividad el 1 de octubre, luego a Acapulco una semana después. Oficialmente, Andrés de Urdaneta fue el que consiguió la hazaña de encontrar el tornaviaje. Lo documentó todo, y eso permitió asegurar intercambios entre América y Asia mediante el famoso Galeón de Manila. Durante tres siglos, se pudo comerciar entre las colonias españolas en América y los imperios asiáticos, especialmente China. Los españoles mandaban plata de Potosí para que el Imperio del Centro pudiera acuñar moneda, y frailes para evangelizar aquellas zonas del mundo. Todo se intercambiaba en Filipinas, cuya población se mestizó un poco con los españoles y los amerindios. Allí también se importaron plantas para cultivar de origen americano: la patata, el tomate y, tal vez, el maíz. El galeón de Manila volvía con productos lujosos como seda y porcelana, pero también una tripulación mayoritariamente filipina, que se instaló de por vida en México.
En cambio, después de servir como lugar de paso para una primera conexión de España y América con Asia mediante el océano Pacífico, el estrecho de Magallanes tuvo, durante casi seis décadas, un papel muy segundario, ocultado por Nueva España y el istmo de Panamá. Cabe recalcar que aquel lugar austral y remoto era y sigue siendo muy inhóspito. En efecto, se trata de una región subpolar, con vientos muy fuertes y temperaturas bajas. En 2008, estas no superaron los 25,5°C (en noviembre) y bajaron hasta los -9,4°C (en agosto). Esto puede parecer algo suave y templado, pero hay que imaginar un clima mucho más rudo hace cinco siglos, antes del calentamiento global. Además, el encuentro de fuerzas tectónicas que aprietan las rocas produce una geología complicada, con pliegues, colinas y, sobre todo, arrecifes ocultos bajo el agua. Por lo tanto, navegar por aquella zona era un auténtico reto, en una época en la cual las condiciones materiales no eran las que conocemos hoy. Con el frío, el hambre y el cansancio, muchos marineros murieron durante las distintas travesías. Otros tuvieron delirios y alucinaciones ante lo desconocido. Por ejemplo, cuando los hombres de Magallanes se desplazaron por la zona, vieron, en la costa sureña, unas fogatas que se encendían por la noche. En efecto, los autóctonos las alumbraban para calentarse y hacer rituales. Los marineros se sintieron observados por criaturas de otro mundo, e incluso unos llegaron a pensar que los hogares se encendían por sí solos, apareciendo y desapareciendo como fantasmas. Por lo tanto, a esa isla la llamaron “Tierra del Fuego”. En la costa norteña, los marineros encontraron a los indios tehuelches, cuyo tamaño promedio era de 1,80 metro, cuando los europeos no excedían el metro sesenta. Por lo tanto, los relatos de los sobrevivientes exageraron y afirmaron que esas llanuras eran pobladas de gigantes. El propio Antonio Pigafetta, el cronista oficial de la expedición de Magallanes escribió que los tripulantes llegaban a la cintura de aquellos indígenas inmensos. Por el tamaño de sus pies, los llamaron “patagones”. De allí proviene el nombre de Patagonia, en la parte meridional del Cono Sur. Todos aquellos mitos se difundieron por Europa mientras los marineros volvían de aquelle zona inhóspita, por lo cual pasó a ser una región temida. Por lo tanto, los navegantes la evitaron.
Al fin y al cabo, durante las décadas centrales del siglo XVI, el océano Pacífico se fue convirtiendo en un “lago español”, en el cual el imperio de los Austria podía comerciar en paz, sin ser amenazado por potencias rivales. En aquel entonces, ya casi nadie en la potente monarquía católica se interesaba por el estrecho de Magallanes. Pero ¿esa negligencia realmente era una buena idea?

II- Un lugar estratégico y codiciado por diversas potencias marítimas (1579-1701)
En 1579, el corsario inglés Francis Drake consiguió atravesar el estrecho y atacó al puerto español de Valparaíso (en el actual Chile). Por lo tanto, en 1581, la Corona encomendó a Pedro Sarmiento de Gamboa que se fuera al estrecho de Magallanes y a la Tierra del Fuego para reconocer la zona. También tenía la misión de fundar allí establecimientos fortificados para controlar el paso. Cabe recalcar que se trataba de la única vía navegable entre los océanos Atlántico y Pacífico en aquella época. Todo cambiaría varios siglos después con la construcción del canal de Panamá.
En 1584, trescientos españoles al mando de Pedro Sarmiento de Gamboa fundaron las poblaciones de Nombre de Jesús y la Ciudad del Rey Don Felipe, tristemente conocida como el “puerto del hambre”. Estuvo ubicada a unos 60 kilómetros de la actual ciudad chilena de Punta Arenas. Abandonados a su suerte y enfrentados a una naturaleza hostil que no conocían, los habitantes murieron de hambre, frío, enfermedades y luchas internas.
Al no conseguir el control militar de la zona, los españoles no pudieron impedirles el paso ni a otras expediciones inglesas ni a sus nuevos enemigos, los holandeses. Estos lucharon ferozmente contra los Habsburgos a partir de 1566 para conseguir su independencia. Ambas potencias emergentes eran protestantes. Por lo tanto, en un contexto de guerras de religiones por toda Europa, esta nueva corriente del cristianismo rivalizaba ideológicamente con la Monarquía Católica. Cabe notar que, entre 1580 y 1640, los imperios hispano y portugués estaban dirigidos por un solo rey. Por consiguiente, Isabel I de Inglaterra y las jóvenes Provincias Unidas hicieron todo lo posible para desestabilizar a una Unión Ibérica casi hegemónica. Por ejemplo, cuando el navegante británico Thomas Cavendish atravesó el estrecho de Magallanes en 1587, toparon en el puerto del hambre (el propio nombre de Port-Famine lo debemos al capitán de esa expedición) y abandonaron a su suerte a los moribundos que allí estaban, salvo a uno, Tomé Hernández, para presionarlo y utilizarlo en contra de su patria. Este consiguió escaparse y fue el único superviviente de la desdichada colonia. Del mismo modo, las circunnavegaciones de Drake (1577-1580), de Cavendish (1586-1588) y de marineros neerlandeses como Olivier van Noort (1598-1601) no dudaron en saquear ciudades y barcos, incluso el muy lucrativo galeón de Manila. Unos historiadores consideran que la primera guerra mundial fue en realidad la que opuso a Portugal con las Provincias Unidas en la época moderna. En efecto, los holandeses consiguieron arrebatarles a los lusos parte de Brasil de forma temporal (1630-1653) y, de forma definitiva, las islas de la actual Indonesia (a partir de 1602 si contamos los años a partir de la creación de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales – VOC).
En 1615, Jakob Le Maire y Willem Cornelisz Schouten zarparon de la costa holandesa al mando de dos barcos, para ir al Sureste asiático y hacer negocios. En aquel entonces, no se sabía con exactitud lo que había al sur del estrecho de Magallanes. Muchos pensaban que la Tierra del Fuego formaba parte de un gigantesco continente mítico, que llamaban desde la Edad Antigua Terra Australis Incongnita. Ya en aquella época, unos geógrafos griegos ya sabían que la Tierra es redonda y concluyeron que, para que existiera un equilibrio, el hemisferio sur debía contar con una masa continental que equivaliera a las tierras emergidas del hemisferio norte. Por eso Australia fue nombrada así cuando los neerlandeses la “descubrieron” en el siglo XVII. Solo en el siglo XIX otros navegantes europeos se dieron cuenta de que existía un sexto continente, la Antártida.
Le Maire y Schouten no pasaron por el estrecho de Magallanes, sino que bordearon la costa meridional de la Tierra del Fuego. Aun traspasaron unas islas que estaban en una zona más austral y llamaron aquel lugar “Cabo de Hornos”, en referencia al puerto holandés del cual había salido su expedición. Después de atravesar el Pacífico, fueron detenidos y los españoles se percataron de que habían encontrado otro rumbo para pasar de un océano al otro.
Por consiguiente, en 1618 y 1619, la expedición de los hermanos Nodal circundó la Tierra del Fuego. En efecto, estaban encargados de comprobar si era una isla o no, para que España supiera si existía o no la ruta alternativa tomada por los barcos holandeses. En 1633, Diego Ramírez de Arellano dibujó un mapa muy preciso de esa isla y de todo el estrecho. Los que descubrieron esas zonas peligrosas eran españoles. En aquel lugar inhóspito murieron muchos hombres, especialmente por el hambre. Hubo motines que se castigaron con la pena de muerte, tanto en las expediciones españolas como en las holandesas e inglesas. Sin embargo, con la experiencia se aprendía y, con el tiempo, hubo viajes que no perdieron ni a un solo hombre. Eso fue el caso de la expedición de los hermanos Nodal. Destaca su interés científico, pero sobre todo geopolítico. En efecto, si la Tierra del Fuego no se comunicaba con ninguna Terra Australis Incongnita, cualquiera podía pasar por el sur de aquella zona. Además, aunque el oleaje y los vientos son más desafiantes en aquella zona desprotegida, el viaje es mucho más corto que en el angosto estrecho de Magallanes. Por lo tanto, cualquier enemigo podía pasar ya e invadir el “lago español”. Ya no servía para nada fortificar aquella zona hostil para controlar el paso.
Sin embargo, la inutilidad geopolítica del estrecho no apagó la rivalidad entre las distintas potencias marítimas europeas que lo codiciaron o pasaron por la zona. En 1617, después de la vuelta del navegante Joris van Spilbergen, la VOC planeó atacar las colonias españolas en América. Por lo tanto, se preparó una flota de once naves, con 316 cañones y 1645 hombres, dirigida por Jacobo Heremita Clerk. Pasando por el estrecho de Le Maire y el sur de la Tierra del Fuego, alcanzaron el Pacífico el 2 de febrero de 1624, antes de infligir muchos daños a los españoles en toda la fachada oriental del imperio hispánico. En 1642, Henryk Brouwer salió de Holanda para atacar las posesiones españolas en el Pacífico Sur, especialmente el puerto de Valdivia, en Chile. Los neerlandeses contaban con la desprotección de la zona, que no había sufrido ataques durante casi veinte años, y en la posibilidad de trabar alianzas con los caciques indígenas locales. Al llegar al angosto estrecho de Le Maire, se dieron cuenta de que la tierra emergida que estaba al este del brazo de agua (nombrada “Tierra de los Estados” – Staten Landt por el descubridor) era una isla, y no la antes mencionada Terra Australis Incongnita. Por lo tanto, pasaron por el otro lado. La travesía fue difícil y desapareció el barco que transportaba los víveres. Luego llegaron a la isla de Chiloé, en donde se quedaron tres meses y medio, sin lograr la confianza de los autóctonos. Cuando habían reparado los barcos y pudieron viajar al norte, se dieron cuenta de que los españoles ya estaban al tanto de su llegada y de que no pudieron contar con un efecto de sorpresa. Los holandeses planeaban instalarse de forma duradera para explotar hipotéticas minas de oro, aliados con los mapuches, que resistían al dominio de los españoles desde mediados del siglo XVI. Aunque unos indígenas los acogieron bien en Valdivia (una ciudad entonces ya desertada por los colonos hispanos), cambiaron su actitud cuando se percataron de que los europeos querían establecerse allí definitivamente. Finalmente, los holandeses regresaron, pasando por el cabo de Hornos, a finales de 1643.
A finales del siglo XVII, el juego de alianzas había cambiado. Casi todas las potencias europeas (incluso España) se habían aliado con Inglaterra contra Francia, en la guerra de los Nueve Años (1688-1697). Por lo tanto, cuando el comandante John Strong atravesó el estrecho de Magallanes en mayo de 1690, era con propósitos amistosos para con los españoles. Quiso establecer lazos comerciales con ellos. Sin embargo, los colonos de Valdivia desconfiaron de él, por el pasado belicoso con los británicos y los sucesivos saqueos de la fachada pacífica por los corsarios contratados por Londres. Por eso y por otros motivos, la expedición inglesa de Strong fue un fracaso.
En 1695, una flota de seis naves zarpó de La Rochelle bajo el mando del señor de Gennes. Trataron de establecerse en la zona magallánica, pero no pudieron y se fueron a las Antillas francesas. El 17 de diciembre de 1698, otra expedición apoyada por Luis XIV salió del puerto de la provincia de Aunis. La dirigía Jacques Gouin de Beauchesne y contaba con setecientos hombres repartidos en tres barcos. El proyecto consistía en colonizar el estrecho de Magallanes para crear una red de contrabando en las costas sudamericanas. Se trataba claramente de una traición, ya que Francia y España estaban en paz en aquel momento. Los buques cargados de mercancías tenían la orden de mentirles a los hispanos que pudieran encontrar, diciéndoles que se dirigían a la China. Eso era difícil de creer para los españoles ya que los que dirigían la expedición habían formado parte de los corsarios que habían acosado previamente las posesiones hispanas en la fachada pacífica. Finalmente, los navegantes galos no consiguieron establecerse en el estrecho, lo atravesaron y trataron de comerciar con los españoles, a pesar de la prohibición real. La potencia local alternó entre la confianza y la desconfianza para con ellos y, después de una desviación por las islas Galápagos, los navegantes volvieron a La Rochelle en 1701, confirmando en fracaso de Francia al usar y colonizar el estrecho de Magallanes.
Al fin y al cabo, después de la primera incursión de los ingleses, el estrecho de Magallanes recobró importancia, no solo para los españoles, sino también por las potencias marítimas europeas rivales. Sin embargo, allí no hubo ninguna batalla naval y todos los intentos de colonización fracasaron. Solo era un lugar de pasaje.
III – El estrecho como punto de fuga, visto desde el Río de la Plata, Tucumán y Chile (1545-1673)
Después de resumir dos siglos de interés geopolítico del estrecho de Magallanes como lugar de paso marítimo, interesémonos a su papel terrestre, “en la articulación de los espacios interiores del continente [americano]” (Louise Bénat-Tachot).
En la primera mitad del siglo XVI, la Patagonia Austral y la zona magallánica tampoco interesaban a los españoles a nivel terrestre. Sin embargo, la Corona de las Españas empezó a mirar hacia aquella remota región cuando Drake usó el estrecho y cuando los araucanos (hoy llamados “mapuches”) se rebelaron contra la presencia de colonos hispanos en Chile.
A mediados de siglo, el conquistador y primer gobernador de Chile Pedro de Valdivia les escribió al emperador Carlos V y al futuro rey Felipe II. En una serie de cartas (1545, 1548 y 1552), les pidió medios para fortificar el estrecho de Magallanes y establecer una comunicación entre ambas fachadas marítimas. En efecto, ya temía la incursión de navíos enemigos. No obstante, sus misivas permanecieron sin respuesta.
En 1580, el virreinato volvió a fundar la ciudad de Buenos Aires en el Río de la Plata. En aquel entonces, la demografía de Asunción desbordaba y escogieron a los delincuentes criollos y mestizos de la actual capital de Paraguay para poblar aquella zona periférica, ya controlada por el imperio colonial. El doble objetivo era poner el estuario en relación con el Perú, en una vía de comunicación transcontinental, y crear un puerto para vigilar mejor la incursión de barcos enemigos hacia el estrecho de Magallanes y la desprotegida fachada pacífica.
Solo unos meses después de esta refundación, Juan de Garay montó una expedición hacia el sur de la provincia. Se preparó con mucha prisa, con escasos medios y poca gente. El objetivo era atravesar la pampa hasta el punto de fuga que representaba el estrecho. Recorriendo varios centenares de kilómetros, consiguiendo reconocer y cartografiar la costa. Se dieron cuenta de que abundaban los lobos marinos (un animal interesante a nivel alimentario) y de que la zona era propicia a la colonización, con vistas a la vigilancia del Atlántico Sur. Los viajantes también entraron en contacto con los amerindios, que vestían con pieles de animales. Sin embargo, se dieron cuenta de que unos llevaban “alguna ropa de lana muy buena”. Como ellos ni criaban ovejas ni estaban en contacto con los camélidos andinos (llamas y alpacas), solo pudieron haber obtenido aquellas prendas por contacto con civilizaciones precolombinas de los Andes.
De allí empezó a surgir un mito que iba a apuntar varias expediciones hacia el sur: la ciudad de los Césares. En un testimonio consignado en 1587 por el gobernador de Tucumán Juan Ramírez de Velasco, alguien se presentaba como un superviviente del barco atacado por los ingleses en el cual fue raptado Pedro Sarmiento de Gamboa. Dicho testigo “[dio] noticia” de una ciudad que estaba entre los Andes y el océano Atlántico, “á la espalda del Arauco”. Según lo escrito, aquel lugar aislado y aliado necesitaba municiones y refuerzos. Sin ser especialista, me atrevo a imaginar que el superviviente se refería a las colonias fundadas en el estrecho de Magallanes por Sarmiento de Gamboa. Esto no está para nada en la latitud indicada, claro, pero el testigo también careció de precisión al nombrar “Juan” y no “Pedro” al fundador de la Ciudad del Rey Don Felipe y de Nombre de Jesús. Durante dos años, el gobernador inquirió y muchos aportaron testimonios muy diversos. Se llegó a la conclusión de que, en algún lugar de la remota Patagonia, existía la ciudad de los Césares, en donde convivían unos incas fugitivos y naufragados españoles de distintas expediciones en el estrecho. En 1593, desde Córdoba, Juan Ramírez de Velasco planeó una expedición terrestre para llegar a los Césares y poblar de forma continua hasta la zona magallánica.
Otro interés estratégico de dicha conquista radicaba en la guerra que oponía a los colonos españoles con los indígenas mapuches, en el sur del actual Chile. En efecto, se sabía que los indios se beneficiaban de una base de refuerzo inasequible, en el este de los Andes. Según el testimonio de Cristóbal Hernández, unos españoles convivían en aquella zona entre los indios de origen incaico, se habían casado y tenían hijos con mujeres indígenas, vestían como sus anfitriones, llevaban una barba larguísima y tenían viejas espadas oxidadas sin vaina. Para los españoles, conquistar la región no solo iba a permitir que se salvasen aquellos cristianos que se iban convirtiendo en bárbaros (según la mentalidad de la época), sino que constituía una oportunidad para tomar el control de la situación a nivel militar. En efecto, los mapuches siempre habían sido un pueblo de armas tomar. Los incas no habían conseguido vencerlos, por lo cual la frontera meridional de su imperio correspondía al centro de Chile. Después de la caída del Tahuantinsuyu, los españoles llegaron a la zona en 1536 y ya empezó la “guerra de Arauco”, que iba a durar más allá de la era colonial. Con la incursión de nuevas potencias extranjeras en el Pacífico, el virreinato de Perú empezó a temer una alianza entre los amerindios y corsarios ingleses u holandeses. Por eso, se montaron sucesivas expediciones terrestres en busca de la mítica ciudad y para relacionar la parte norteña del Cono Sur con el ahora codiciado estrecho de Magallanes.
Por supuesto, como “los césares” no existían, esos viajes fueron fracasos, pero una de ellas, la de Cabrera, destaca tanto por sus objetivos como por su tamaño. En 1618, Hernandarias, que ya había fracasado una expedición previa, le escribió al rey para defender un proyecto ambicioso de colonización. En efecto, el triple interés radicaba en recuperar la obediencia de los indios perdidos en aquel lugar remoto, cortar el abastecimiento de los rebeldes mapuches y vigilar a los ingleses y holandeses, que no paraban de cruzar el estrecho para acosar a los españoles en la costa pacífica y comerciar con el rico Sureste Asiático. Además, decía el rumor que aquellos amerindios aislados cultivaban la tierra, mientras que los otros pueblos originarios de la zona eran cazadores-recolectores. Por lo tanto, constituían una posible mano de obra para alimentar a los soldados españoles que iban a cumplir su deber en los castros. Aun se planteaba la posibilidad de abastecer un puerto en el Atlántico cuya misión sería vigilar las incursiones enemigas y avisar rápidamente a las autoridades de las colonias chilenas. La expedición salió en 1620. Contaba con 400 hombres, 200 carros, 6000 cabezas de ganado, familias y sacerdotes.Es decir, todo lo necesario para la creación y el poblamiento de una colonia. Finalmente, se enfrentaron a una serie de adversidades, especialmente por la hostilidad de los indígenas encontrados, y tuvieron que renunciar. La última expedición fue un poco más exitosa, gracias a la colaboración de unos guías puelches. Llegó a un valle en el cual los indios estaban vestidos de tejidos, pero los españoles se enteraron rápidamente de que no estaban dispuestos a aceptar el dominio hispano, ya que se trataba de una base huilliche que apoyaba a los rebeldes mapuches. Así que tiraron la esponja y volvieron a Tucumán. Con ello se acabaron las pretensiones de colonización estratégica en un eje norte-sur, con el estrecho de Magallanes como punto de fuga. Sin embargo, hubo otras tentativas de encuentro de la Ciudad de los Césares, pero en un eje oeste-este y con propósitos evangelizadores, como la misión del jesuita Nicolás Mascardi. Este consiguió cristianizar a algunos indios en las orillas del lago Nahuel Huapi, pero los enemigos de éstos mataron al misionero en 1673, y así terminó la historia de un mito.
En resumidas cuentas, el estrecho de Magallanes y la mítica Ciudad de los Césares constituyeron un punto de fuga para adentrarse en la desconocida Patagonia. Durante más de un siglo, unas expediciones terrestres trataron de colonizar la parte meridional del Cono Sur. Esta integración no la consiguieron los españoles en la época colonial, sino que la realizaron los ya independientes estados argentino y chileno en el periodo decimonónico.
En definitiva, el estrecho de Magallanes permitió conectar a Europa con el océano Pacífico y a España con el Sureste Asiático. Esto permitió, al cabo de varias décadas, relacionar de forma duradera Extremo Oriente con América, mediante el galeón de Manila. Durante esa fase, que duró hasta finales del siglo XVI, los españoles no se preocuparon mucho por la zona magallánica, excepto unos navegantes y un conquistador. Sin embargo, unas potencias rivales de España, es decir, Inglaterra, las Provincias Unidas y, en menor medida, Francia, usaron el lugar de paso para alcanzar el mar del Sur, atacar la costa occidental del imperio colonial hispano y comerciar con Asia. El uso del estrecho incluso permitió varias circunnavegaciones británicas y holandesas. Por lo tanto, los españoles volvieron a interesarse por la remota zona austral, no solo a nivel marítimo, sino también como punto de fuga para integrar el mediodía del subcontinente sudamericano. Sin embargo, fracasaron todas las expediciones terrestres que intentaron conectar la Patagonia austral con las posesiones del virreinato de Perú. El único éxito fue la segunda fundación de Buenos Aires. Esta tuvo un papel defensivo, es decir, vigilar el paso de navíos enemigos. Las otras tentativas de fortificación en el propio estrecho de Magallanes acabaron como fracasos fúnebres. Al final, esos intentos no sirvieron para nada, ya que, a inicios del siglo XVII, Le Maire, Schouten y los hermanos Nodal comprendieron que se puede pasar de un océano a otro por el estrecho de Drake, imposible de vigilar. Al fin y al cabo, el estrecho de Magallanes fue, en la era moderna, un lugar de conexión a nivel marítimo, pero no terrestre, y no permitió ni asentar ni defender de forma duradera a ninguna de las potencias europeas rivales de aquella época.
Hoy en día, la zona es mucho menos transitada y estratégica que hace varios siglos, ya que el comercio internacional interoceánico suele transitar por el canal de Panamá. Sin embargo, este podría dejar de funcionar por el calentamiento global. Por consiguiente, nos podemos preguntar si el estrecho de Magallanes recuperará parte de su importancia de antaño, en un contexto en el cual otras potencias compiten para dominar el mundo.
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El Estrecho de Magallanes: El Infierno de Fuego y Hielo de La era de la Vela (vulgarización, sobre todo sobre los mitos que se contaban sobre aquel lugar remoto e inhospitalario).
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(18) Estrecho de Magallanes: una huella, dos océanos – YouTube (ciencias naturales).
(4) Estrecho de Magallanes: una huella, dos océanos – YouTube (sobre todo geológico).
Elcano y los marinos, exploradores y cartógrafos españoles: los descubridores del Mar del Sur (sobre Magallanes, las misiones siguientes de reconocimiento por la zona del Estrecho y todas las expediciones españolas por el Pacífico en el siglo XVI).
Historia global de los estrechos: Estrecho de Magallanes siglo XVI
Estrecho de Magallanes – Charla Jue 5 Nov – Siglo XVI
El estrecho de Magallanes y el proceso de construcción del continente americano (siglos XVI-XVII)
Estrecho Siglo XVI – 04 Visiones Inglaterra Brasil Panama.
(3) Estrecho Siglo XVI – 01 Visiones desde España, Alemania y Inglaterra – YouTube
04 María Jesús Benítes – “El Estrecho desde Río de la Plata”
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Guardianes de la lengua: Tehuelche (capítulo completo) – Canal Encuentro
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Le Maire, Los Hermanos Nodal, La flota Nassavica y la Isla Grande de Tierra del Fuego
consultar esta fuente: https://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0718-22442020000300029
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URBINA CARRASCO, María Ximena (ed.), Fuentes para la historia de la Patagonia occidental en el periodo colonial, 1a parte: siglos XVI y XVII, Valparaíso, Ediciones Universitarias de Valparaíso, 2014 [en línea].
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